La semana pasada, haciendo la sesión de cierre de un proceso de coaching con una preadolescente, le pedí que representara qué había pasado en este tiempo, cómo vino y cómo se va. Representar ayuda a situarse como “observador/a externo/a” de nuestra propia historia, facilita un cambio de perspectiva, ofrece una imagen que queda fijada en nuestros recuerdos de forma mucho más “potente” que las ideas abstractas. Además, a través de la representación, somos capaces de expresar de forma más libre nuestro “mundo emocional”, sin el filtro del razonamiento. Estos son algunos de los motivos por los que, no sólo a los/as niños/as, sino también a los/as adultos/as, les animo a que representen de diferentes formas lo que están vivenciando.

El dibujo que encabeza esta entrada (gracias por permitirnos compartirlo) es lo que ella representó. Lo expresa tan bien que pocas aclaraciones necesita. Sin embargo, este dibujo (y este proceso) puede ayudarnos a reflexionar sobre las relaciones interpersonales en la adolescencia. Para entender éstas, pensemos primero un poco sobre qué le pasa al adolescente consigo mismo/a.

Adolescencia y búsqueda de identidad

Uno de los aspectos clave en la adolescencia es que se trata de un momento de búsqueda de identidad: ¿quién soy? ¿Cómo soy? ¿qué me define?… Existe una imperiosa necesidad de encontrar esas “etiquetas” que digan quién soy yo y, además, que me diferencien de mi familia, porque, efectivamente, para encontrar mi identidad necesito buscar unos rasgos definitorios propios, diferentes a los que hasta ahora tenía de mis padres, necesito, por tanto, poner más distancia con ellos/as.

¿Y dónde tiende el adolescente a buscar esta identidad? Imagino que todos/as conocemos la respuesta: en el grupo de iguales (amigos/as). De esta forma, durante la adolescencia, se produce una necesaria separación con la familia y una gran identificación con el grupo de referencia. Los/as amigos/as pasan a tener un papel prioritario. Como decía, se trata de un proceso normal y necesario para crecer. Como padres, tendremos que acompañar en dicho proceso, entender que necesitan más espacio, más distancia… que necesitan explorar fuera para encontrarse. No obstante, el hecho de que sea normal y necesario no significa que no implique riesgos.

Cuando, buscando mi identidad, me olvido de mi

Pertenecer a un grupo de amigas que representan “las etiquetas” que yo quiero tener es una prioridad para una adolescente. El grupo me da identidad, sentir que pertenezco a dicho grupo habla de quién soy yo. Pero, ¿cuál es el precio a pagar por ello?. En ocasiones, esto implica una serie de normas implícitas: “si no eres como nosotras no puedes estar con nosotras” y, en muchas de estas situaciones, la prioridad pasa a ser mantener esa pertenencia (observando fuera y dando la respuesta que se espera de mi) frente a observarme a mi (lo que quiero, lo que necesito, cómo me siento en esa situación…). Así llegaba al inicio de proceso la autora del dibujo “me dicen que soy…”, “me dicen que tengo que ser…”, “cuando hago… se meten conmigo”. 

 

Sus conclusiones en las primeras sesiones tenían que ver con que le daba miedo ser “ella misma” porque, en esos casos, sentía el rechazo del grupo y, sin embargo, era ese miedo el que le impedía hacer movimientos diferentes porque, tal y como ella expresaba “quiero seguir estando con ellas”.

Utilizando el juego de Lego, hizo una construcción en la que representaba como se sentía. Era sencilla, pero clarificadora (muy similar a la viñeta 2 de su dibujo): estaba en el fondo de un pozo, franqueado a ambos lados por sus amigas.

 

Cambiar el foco para salir del pozo

“¿Qué hay fuera de ese pozo?, ¡Constrúyelo!”. Ampliar el foco implica mirar la realidad desde una perspectiva más amplia, como un observador/a externo/a puedo ver no sólo lo que tengo cerca (y, desde dentro de un pozo, sólo puedo ver muros). En este caso, empezar a construir otras escenas, le ayudó a ver claramente dónde quería estar situada. Jugamos a sacar a su muñeca a esos otros espacios y ver cómo se sentía en ellos. Se marcó el objetivo al que quería llegar.

Cambiar la perspectiva no es sólo ampliar la mirada hacia afuera. Para escalar los muros del pozo es imprescindible, además, cambiarla hacia adentro: ¿Qué te impide salir de ese pozo?, ¿a qué realmente tienes miedo?, ¿qué parte de ti quiere salir de ahí?, ¿quién eres tú cuando estás dentro? ¿y cuando estás fuera?. Todo ello tiene que ver con ¿quién estoy siendo y quién quiero ser?. Un bonito proceso de búsqueda de identidad en el que, entendiendo la importancia que para un adolescente tiene el grupo de iguales, la persona puede reflexionar sobre en qué medida existe equilibrio entre lo que quiere y lo que hace.

Ser consciente de que había otras personas fuera esperándola y ser consciente de lo que realmente quería, fue el motor que le impulsó a comenzar a escalar aquellos muros. Esto implica cuestionarse qué entiendo realmente por amistad, qué valoro de un/a amigo/a, cómo quiero yo que sean las relaciones con mis amigos/as, quién soy yo en cada una de las situaciones…

La identidad que el grupo ofrece es un “escenario” y, como si de una obra de teatro se tratase, en algunas ocasiones los/as adolescentes representan el “papel” que marca el guión. Que la adolescencia suponga realmente un proceso de encuentro conmigo mismo/a (en esta búsqueda de identidad de la que hablamos) implica cuestionarse cómo estoy yo participando en esa “representación”: ¿escribo mi propio guión o asumo lo que otros/as han escrito para mi (al margen de si me gusta o no)?, ¿qué quiero que ocurra en la obra?, ¿qué papel quiero desempeñar?. Teniendo todo ello claro, empezar a actuar para expresar, tomar decisiones, poner límites y llegar hasta la meta que me he marcado es mucho más sencillo, porque sé quién soy, qué quiero y qué no.

Comenzábamos exponiendo que la adolescencia implica un necesario proceso de diferenciación/separación con los padres y que, en este proceso, se produce un mayor acercamiento al grupo de iguales. Que existe una gran necesidad de pertenencia a un grupo y que esto da identidad. Sin embargo, la verdadera identidad no la va a ofrecer un escenario teatralizado en el que existe un conflicto entre lo que quiero y lo que hago. Una identidad saludable implica, necesariamente, que mis acciones estén en consonancia con mis valores, sentir que puedo decidir y que pertenecer a un grupo no implica “dejar de ser yo”.

Cuando en grupo de adolescentes preguntamos sobre la presión de grupo, siempre nos contestan que eso no existe, que en su grupo cada uno “hace lo que quiere” y es que, ésta presión es algo mucho menos explícito, algo más personal, que tiene que ver con “¿qué van a pensar de mi si hago… o digo… o no hago… o no digo…?”. El grupo ayuda al adolescente a encontrar sus señas de identidad (es positivo, saludable y necesario), pero el verdadero proceso de crecimiento personal se produce cuando, realmente, es capaz de cuestionar las mismas y decidir libremente. No se trata, por tanto, de cuestionar a los amigos/as de nuestros hijos/as adolescentes (les estamos cuestionando a ellos), sino de ayudarles a que puedan cambiar el foco, mirarse a sí mismos/as y vivir el maravilloso proceso de descubrirse.

dos × cuatro =

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