Iniciaremos un grupo de publicaciones dedicadas a cómo podemos, como padres y madres, promover la Inteligencia Emocional en nuestros hijos/as. Obviamente, antes de saber si queremos o no promoverla tendremos que saber qué entendemos por inteligencia emocional:

Sintetizando mucho, podemos definir la Inteligencia Emocional como la capacidad, a nivel intrapersonal, de detectar mis emociones y sentimientos, de valorarme de forma equilibrada (autoconocimiento: autoconcepto y autoestima), de regular mis estados de ánimo y mis implusos… Y a nivel interpersonal, se centraría en la capacidad de relacionarme con las personas que me rodean desde la empatía y la escucha activa, expresando y defendiendo mis ideas e intereses, teniendo a la vez en cuenta las de los demás.

¿Qué hace que sea importante trabajar la Inteligencia Emocional en los niños/as?. Hemos de tener presente que no se nace con un determinado nivel de Inteligencia Emocional, se trata más bien de capacidades que se van adquiriendo y desarrollando a lo largo de la vida y, este aprendizaje, se inicia desde el momento en que nacemos, en la familia. Un adulto con elevada inteligencia emocional ha tenido, en la inmensa mayoría de los casos, un ambiente familiar que ha favorecido que pudiese adquirir esas competencias.

Las personas con competencias emocionales elevadas tienen mayores y más satisfactorias relaciones sociales, se caracterizan por ser optimistas y alegres, manejan las dificultades de forma más efectiva, se sienten bien consigo mismos/as, son valorados/as por las personas que les rodean… ¿no quiere esto cualquier padre o madre para sus hijos?

A lo largo de siguientes publicaciones iremos profundizando en las diferentes capacidades de la Inteligencia Emocional y en cómo podemos potenciarlas desde el entorno familiar. Hoy os proponemos, de forma genérica, como introducción, una primera técnica, sencilla, fácil de aplicar en familia y, a la vez, de gran riqueza y potencial. Trabaja dos aspectos clave en la inteligencia emocional: la autoestima y la detección/expresión de emociones y sentimientos. Al mismo tiempo, favorece la creación de “espacios” familiares en los que poder hablar de lo que hay por debajo de nuestras acciones: las emociones.

7017175_juegusl090-e1388780450284 copiaPara realizarlo, únicamente necesitamos:

  • Unas fichas de colores (pueden ser fichas de poker, del “conecta 4″…)

  • Un recipiente (vasija, bol, caja grande…).

  • Un saquito, cajita o bolsa pequeña para cada miembro de la familia.

El procedimiento es sencillo: las fichas representan las cosas que hacen crecer o disminuir la autoestima de cada una de las personas de la familia. Se sitúan todas en el recipiente grande. Alrededor del mismo, situaremos las bolsitas o cajas individuales, cada una con el nombre de la persona a la que corresponda. Cada noche, en el momento que se decida como el más adecuado, cada uno de los miembros de la familia, de uno en uno, irá dando una ficha a cada persona con la que haya vivido una situación en la que éste o ésta le haya hecho sentir bien, verbalizando dicha situación, por ejemplo: “le doy una ficha a (un hijo/a) porque me he sentido orgulloso/a de él/ella cuando ha guardado parte de las golosinas que le han dado en el cumple para su hermano”. Esa ficha se guarda en la caja/bolsa de la persona que la recibe. Por otro lado, cada persona se quitará a sí misma una ficha por cada situación en la que alguien de la familia le haya hecho sentir mal, por ejemplo: “me quito una ficha porque hoy me he puesto triste cuando papá me ha gritado”.

Han de tenerse claras tres normas básicas:

Lista

  • No puedo quitar fichas a nadie, sólo a mí mismo/a.

  • No puedo coger fichas, sólo regalarlas a otra persona.

  • En ambos casos he de expresar, por un lado, el hecho concreto y, por otro cómo éste me ha hecho sentir (especificar la emoción o el sentimiento específicos).

¿Qué se consigue con esto? En muy poco tiempo, realmente muchas cosas:

Expresamos las cosas que nos gustan de los demás (algo que, lamentablemente, estamos poco acostumbrados a hacer). De cara a los niños/as, a quienes solemos señalar más lo que han de cambiar que lo que hacen bien, incrementa enormemente su autoestima y, además, favorece que esas acciones se repitan.

No descalificamos las actuaciones de otros “eres un egoísta, contestón, vago…”, sino que expresamos cómo nos hacen sentir a nosotros/as determinadas acciones suyas. Con ello, pasamos de la “etiqueta negativa”, de poner el acento en lo que “el niño es”, de atentar contra su identidad, a focalizar en la acción que realiza (esto se puede cambiar de forma mucho más sencilla que “lo que soy”). Además, ayudamos a que aprendan a empatizar, a darse cuenta de las repercusiones emocionales que en los demás tienen las cosas que hacemos o decimos y les damos el poder y la capacidad de cambiarlo.

Les ayudamos a que identifiquen sus emociones y sentimientos, a que se paren a pensar y tomen conciencia de sí mismos/as y, más allá de ello, les entrenamos día a día en la expresión adecuada de los mismos. Esto no se aprende porque alguien le diga al niño/a qué es lo que tiene que decir, sino practicándolo y con alguien que le ayude a hacerlo (que ponga palabras donde ellos/as no las saben poner, que ayude a identificar la diferencia entre acción y emoción…). Cuanta más práctica, más capacidad tendrán para identificar cómo se sienten y para expresarlo adecuadamente. No tardarán en generalizar este aprendizaje a otros contextos: los amigos/as, los compañeros/as de clase, los profesores…

Estuve buscando información en internet sobre esta técnica, que me la contó una buena amiga (gracias, Eva) a quien, a su vez, según me dijo, se la contó una coach belga, el caso es que no encontré nada. Sin embargo, fui a dar con este vídeo, que me resultó muy interesante ¿vendrá de aquí? no lo se, pero parece probable…

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